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"Soluciones para particulares y empresas"
Iniciar con esté título el texto que prosigue es una forma muy gráfica de dar a conocer la experiencia ruinosa del maltrato. No obstante el tema interesa cada vez a más personas, mayoritariamente mujeres, que nos consultan y desean obtener los recursos e instrumentos para saber cuándo se encuentran ante una situación de violencia y maltrato. Por ello aceptan con menor dificultad el estado de plena confianza y cariño entregado por la mujer en su compromiso sentimental y del que abusa el maltratador.
Lo triste es que el interés que suscita esta cuestión suele estar motivado por sufrimientos causados por un victimario hacia los interesados en el tema o hacia alguna persona de su círculo con la que se solidarizan. Sean cuales sean las motivaciones de estas mujeres y también de los hombres como posibles víctimas y/o victimarios, si el crecimiento personal y madurez mental que supone reflexionar sobre la violencia y en concreto, sobre la violencia de género se desarrolla adecuadamente, estaremos sin ninguna duda más cerca de cambiar la conciencia social, desterrando para ello los prejuicios, roles y malas costumbres educacionales que confunden y evitan mantener un pensamiento lógico y racional sobre la cuestión.
La violencia de género es repetitiva y gradualmente circular, no es una reacción ocasional, o pasional de un momento. Es consciente. Es ejercida salvo excepciones por personas sanas que no padecen enfermedades. La consideración contraria, es decir, “el maltratador es un enfermo”, “lo hace inconscientemente”, sirve de excusa para promover el maltrato y dominio sobre la pareja, sus hijos, su familia y también amigos. Ya que no nos engañemos, la violencia salpica toda parcela del victimario, nadie cercano a tal perfil de persona está exento de padecer el abuso, manipulación, agresión, desatención y violencia psicológica y/o física.
Victima y victimario, hacen uso de los mecanismos psicológicos para negar los hechos violentos y tranquilizar sus conciencias. La primera porque reconocerse como víctima es enfrentarse al hecho de que se está sufriendo malos tratos, abuso y además provenientes de un ser al que se ha entregado confianza y amor, y al que difícilmente la víctima haría lo que se le hace a ella. Por tanto a la mujer, le cuesta creer que su pareja sea tan cruel, frio, calculador y que le haga lo que hace a ella y/o a sus hijos.
Sin embargo cuando la conducta del victimario no es puntual y no hay intención de procurar un cambio, ni una rehabilitación, el mecanismo de defensa que él usa, es negar o minimizar los efectos de su conducta con el objetivo de justificarla y culpabilizar de su reacción a la víctima a la que terminará abandonando por otra nueva víctima o por causas ajenas a su voluntad.
Es muy típico pretender excusar la conducta del agresor y consolar a las víctimas con la frase de "hay cosas peores o podría ser peor", pero la consecuencia es que la víctima se siente amenazada y más confundida ante tal mensaje subliminal. Frases así, convierten en piel de continúo abuso a las víctimas y refuerzan el dominio psicológico del victimario, ya que el problema no desaparece por el hecho de que pudiera ser un problema más grave. Además se confunde a la víctima con relación al límite que debe establecer ante un trato inadecuado hacia su persona, pues un empujón es peor que un grito, un tortazo es peor que un empujón, un puñetazo es peor que el tortazo, un ahogamiento peor que el puñetazo...Y matarla ya sería no haber solución y acabar con el problema, dicho sea con toda la ironía.
En esta relación de violencia los sujetos no quieren ver la realidad, las víctimas posiblemente porque están confundidas y sin fuerzas por la tensión, pero a los victimarios no les interesa reconocer la realidad y también suelen carecer del remordimiento que les proporcionaría la empatía suficiente hacia la víctima para no desear volver a ocasionarle daño. Dicho esto es evidente que no aman, los maltratadores son discapacitados emocionales.
Los maltratadores son discapacitados en el sentido de que son incapaces de poner freno a su conducta sencillamente porque no quieren. La cara de pavor, miedo, la conducta de huida, temor, reclamo y desesperación de su víctima con la que mantienen una relación emocional debería ser suficiente freno para poner fin a su violencia y agresividad. Ciertamente esta incapacidad puede significar que los victimarios tengan alteraciones y traumas psicológicos y familiares, muy preocupantes para su correcta socialización. O/y ciertas alteraciones cerebrales, pudiendo tratarse de verdaderos psicópatas que repetirán siempre un patrón de conducta e irán a lo largo de los años dejando víctimas por el camino, victimando en lo que puedan a las víctimas de su pasado, aprendiendo de sus propios errores, usando nuevas estrategias para salirse con la suya y situarse en una posición favorecida frente a su víctima a la que mantienen en una verdadera maraña emocional.
Pero es importante saber que un trastorno psicológico no es motivo suficiente para nublar la capcidad de autocontrol de un hombre en su relación conflictiva con una mujer y que un psicópata no es un enfermo, un enfermo no tiene libre elección sobre sus actos, su voluntad está viciada por un agente, la enfermedad. Un psicópata tiene consciencia de sus actos, y discierne entre lo que está mal y lo que está bien y tiene libre elección sobre su voluntad.
Este tipo de perfil masculino de maltratador, responde a una misma forma de actuar y de comportarse, no tiene que ver con el tipo de profesión que se desarrolle, formación académica que se tenga o con los recursos económicos que se posea, tiene que ver con cómo el hombre considera a la mujer y cómo se relaciona con ella. Ahora bien, es cierto que el nivel intelectual, es un condicionamiento para ejercer mayor grado de violencia psicológica y manipulación que violencia física, pero sea como fuere el resultado termina siendo el mismo, la agresión física y en ocasiones brutal. Circunstancia que hace despertar de su letargo a la víctima.
Este perfil de hombre puede entre otras cosas, presentarase con una apariencia moral impoluta que confunde a su víctima sobre el fondo de sus intenciones, incluso puede presumir de no ser machista, lo cual es una contradicción ya que todos, hombres y mujeres somos machistas con mayor o menor grado, en el sentido de haber nacido y crecido en una sociedad y cultura machista. De tal manera que, la conquista romántica sobre la mujer objeto de su deseo e interés, medida con atención, resulta desproporcionada y practicamente una caza emocional.
El concepto erróneo de amor inculcado en nuestra cultura hace que especialmente las mujeres pensemos que el enamoramiento del hombre es tal que hace todo por amor, y el fin en este caso es poseer el objeto de su deseo, la mujer, a la que no ve como a una persona. Un objeto no necesita ser atendido, pero una persona necesita atención y no solo durante la conquista, la convivencia significa atender, cuidar, y querer, es decir, prestar alimento emocional, evidentemente recíproco, a la pareja.
El tipo de ralación superficial que establece el maltratador con la mujer, es para él adictiva y necesita iniciar en paralelo o de continúo nuevas relaciones en las que ejercer su papel de figura "digna de admiración", de ahí que no sea extraño y que al término de una relación el maltratador rehaga su vida sentimental con cierta premura y con mujeres que curiosamente se han sentido predispuestas hacia él, siendo incluso las primeras en iniciar la relación. Lo que le otorga al maltratador una clara ventaja sobre el interés provocado en la futura víctima que desde el principio alimenta su perfil narcisista.
Lamentablemente la captación de la nueva víctima supone con suerte la salvación de la anterior mujer y el consuelo de ésta última ya que se libra de todo un espécimen. No obstante, si existen lazós de unión, estos seguirán siendo usados con mala conveniencia por el maltratador para continuar un insano contacto al que no renunciará fácilmente.
La mujer que comparta su vida con este perfil de hombre no podrá decidir sobre cuestiones de fondo que afecten a la situación de pareja o al proyecto en común. Ya que no existe proyecto en común y las cuestiones se resolverán según las preferencias y necesidades del hombre. Además por cultura resulta fácil a la mujer cederle este posicionamiento autoritario y preferente en el marco familiar.
El control lo ejercerá normalmente el hombre, y buscará situaciones que eviten que la mujer pueda controlar a él, a la economía familiar, a las amistades y familiares cercanos. Por ejemplo, algunas pautas que no significan necesariamente que estemos ante un maltratador pero que de existir pueden ser señales de alarma y advertencia cuanto menos de una relación de desigualdad, serían la frustración que suscita para este perfil de hombre el despegue y crecimiento profesional de su mujer. O el interés que le suscita, las mujeres jóvenes, ya que sienten igual atracción por las mujeres de su misma y superior edad, es sólo que la madurez y la experiencia de estas últimas las hace menos manipulables salvo que se encuentren en situaciones de vulnerabilidad, y son más resistentes a sus propuestas y deseos que las mujeres más jóvenes e inexpertas.
La mujer para él es un medio de conseguir satisfacción. La instruye con mensajes y sugerencias ocasionales, con intención de manipular su conducta, por ejemplo, una táctica que usa es etiquetar a otras mujeres como mujeres celosas con el fin de que la víctima asuma las relaciones que él mantiene con el sexo opuesto. Relaciones que son normalmente excesivamente plurales y poco racionales ya que no tiene un tipo seleccionado de mujer, en cuanto al carácter y/o al físico con la que interrelacionarse. Es decir, su gusto es indiscriminado y sus afinidades son incomprensiblemente muy variables, pues su interés no es la mera atracción, la amistad o amar, sino que buscar su propia “plebe”, la admiración que necesita para elevar su ego y la captación de la mujer como instrumento para un fin.
El maltratador o los maltratadores consideran a la mujer como un ser inferior, la mujer no es quién para decir o hacer, ellos son quienes deciden y poco a poco cada vez impondrán más su autoridad en la relación, anulando cualquier decisión o discusión que promueva la mujer. Resumiento todo es de ellos incluso sus mujeres y si la mujer reclama es una desagradecida.
El maltratador no es infiel, o al menos no tiene porque serlo. Pero también puede desarrollar un conducta promiscua de la cual la mujer puede no ser consciente durante años, hasta que consigue o se topa con una prueba de la infidelidad. Y recordemos que la promiscuidad puede afectar de forma directa a la relación de pareja y a la salud corporal y emocional, no ya por el engaño sino por el contagio de enfermedades de transmisión sexual, de las cuales no están exentos de ser afectados los propios hijos por la falta de responsabilidad de los adultos. Un tema importante en este caso es conocer la diferencia entre celos y desconfianza, pero no viene al caso pues insistimos, un maltratador no tiene porque ser un hombre infiel.
Otro ejemplo sería, alejarse geográficamente del nucleo familiar o iniciar relaciones fuera de su círculo central de actividad, en otra ciudad por ejemplo, manteniendo así un aislamiento que promueven siempre sobre su víctima para que la misma desconozca su centro de trabajo, su círculo de amigos, su movilidad, etc. Y suponga un coste adicional para la mujer la responsabilidad del cuidado del hogar, y los hijos siempre que la pareja no está. Lo que termina privando arbitrariamente la libertad de la mujer a favor de la plena libertad del hombre le guste a ella o no.
La mujer quiera o no asumir la carga familiar del cuidado de los hijos y del hogar, se verá cansada, agotada por el esfuerzo y obligada a hacerlo por el bien de la familia o por evitar el conflicto con la pareja. Es decir si ella no cuida de los hijos, sabe que estos serán desatendidos y su vida se convierte en un constante sacrificio que a la larga merma sus energías y resulta la cadena perfecta que el maltratador tensa y destensa a su placer.
Son maridos, amigos, hermanos, pero en realidad son hombres desconocidos, de los cuales se conoce lo que calculadamente muestran. Por ello, uno se sorprende al saber que han cometido actos reprochables, ya que con ellos no existe la intimidad, ni la posibilidad de una unión duradera y comprometida. Se estará a su lado viviendo constantemente de forma superficial, inestable emocional y económicamente. Puede que exista un compromiso en apariencia que incluso dure años, pero carente de comprensión, coherencia, confianza, ternura, afecto, contacto, transparencia, verdadera intimidad no entendida como mera pasión, igualdad…etc. Lo que supone un mayor esfuerzo para la mujer y una mayor entrega ciega de la confianza que una vez regalada por amor tiene tal implicación emocional que ya será tarde para evitar un futuro detrimento sentimental, económico y/o psicológico.
La mujer implicada se adaptará a las circunstancia como medio de supervivencia emocional e incluso se autoengañará con la creencia de que su pareja volverá a ser como era, o que cambiará, o si conoce de las anteriores relaciones del hombre, pensará que con ella será distinto, etc. Se establece así una relación muy parecida a las circunstancias que envuelven una secta unipersonal. Es una mujer captada por un carismático sectareo que pretende aprovecharse de ella a su antojo y la castigará si se revela.
El maltrato puede que se encuentre latente desde el principio de la relación pero el enamoramiento, las expectativas que se crean sobre el ser amado y lo maravilloso que el enamorado es capaz de comportarse durante lo que debería denominarse cortejo y no conquista que es lo que realizan estratégicamente los hombres de este perfil, hacen que se construya el común llamado “amor ciego”.
No obstante, el maltrato psicológico y/o físico comenzará a sofocar a la mujer, a asfixiarle poco a poco sin que consiga identificar las causas de su estado emocional y será cíclico, con variables de intensidad lo que la confundirá aún más, teniendo épocas de "luna de miel" y épocas de "absoluta desesperación". Existirán cambios físicos aparentes en la mujer, que serán la viva imagen de la tristeza e insatisfacción. Pero todo se justificará por lo ya referenciado y también a través de los roles que la mujer se ve obligada a realizar para estar en la calificación social de buena madre, buena esposa, y buena mujer que procura la felicidad de los demás, incluso de su maltratador, al que no se atrevería a calificar como tal.
Ser victima de un maltratador no es un mero accidente, es algo que puede suceder a cualquier mujer que sea elegida por este perfil de hombre, basta con que la mujer tenga algo que él desea. Por ello, es importante que como mujeres aprendamos a protegernos, nos reeduquemos y reforcemos a nivel personal y profesional. Pero aún es más importante que el maltrato sea atajado socialmente desde el reproche hacia la conducta del maltratador, no desde el reproche hacia la víctima.
Como se puede imaginar es un tema denso, no fácil de probar en la mayoría de los casos, por ello acudir a un centro de salud para una debida valoración de las lesiones físicas y psicológicas observadas así como el tratamiento prescrito que puede durar más de un año, tienen mucha importancia de cara a un juicio. Tan importante es tener pruebas como hacerlo público, no silenciarlo, contarlo, buscar ayuda, ponerse a salvo. Fortalecerse y romper la relación. No obstante ante todo, la seguridad de la mujer es lo primero, se corre un riesgo muy alto manteniéndose cerca de un maltratador y violento, el coste emocional, psicológico y fisco a pagar puede ser tan alto como la propia vida.



Existen personas que escudan sus intenciones de incumplimiento cívico en la Desobediencia. Supuestamente motivan esas intenciones en convicciones de conciencia y principios de Justicia. Lo cierto es que, dichas personas justifican su oposición al cumplimiento de una norma legal en principios altruistas pero, en realidad vista con detenimiento su conducta solo satisface un interés personal.
La Desobediencia Civil consiste en incumplir un mandamiento legal con la intención de mejorar la vida social de los ciudadanos de una manera pacífica, asumiendo las responsabilidades y consecuencias que dicho acto pueda tener desde la legalidad coercitiva. Es una manifiesta lucha contra una injusticia moral porque existe una ley calificable también de injusta política y éticamente.
El desobediente no carece de una moral que le guía, su intención no es desafiar la ley ni cometer un delito, es evitar una incoherencia, contradicción, discriminación, desigualdad, limitación de derechos manifiesta en una norma. Por ello, es contradictorio el uso de violencia junto con el ejercicio de la Desobediencia Civil, ya que el uso de la violencia en todas sus modalidades no es ético, salvo en los excepcionales casos de violencia defensiva ante un alto riesgo de la integridad, y la Desobediencia Civil sí es ética, moral y justa.
La Desobediencia Civil entendida adecuadamente procura el debate y el diálogo ante la autoridad, es un derecho del ciudadano y un derecho moral que hace crecer a nuestra sociedad en la búsqueda de la verdad que beneficia a todos.
INTRODUCCIÓN
(…)La violencia contra las mujeres está tan arraigada y tan presente en nuestra sociedad, que nos cuesta identificarla y solo cuando adquirimos conciencia de que “esa no es forma de tratar a las mujeres” la vemos realmente como violencia y la podemos nombrar.
Esta forma de violencia es una construcción social, no una derivación espontánea de la naturaleza. En este concepto se incluyen todas las formas de maltrato psicológico, de abuso personal, de explotación sexual y de agresión física a las que se ven sometidas las mujeres por su condición de mujeres.
La violencia contra las mujeres ha existido siempre. Lo nuevo es verla como violencia y dejar de aceptarla. Cuando se acepta como algo normal no supone un comportamiento legalmente sancionable; al no estar reconocido como delito, no se castiga ni se recoge estadísticamente como un acto de violencia contra las mujeres.
Las sanciones con las que se castiga la violencia contra las mujeres se suman hoy a otras medidas que tratan de proteger a las mujeres y disuadir a los agresores.
Los casos registrados de violencia contra las mujeres no son más que “la punta del iceberg” de un fenómeno que existe en una medida mucho mayor.
Se entiende por violencia contra la mujer “todo acto de violencia sexista que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada” (ONU 1995). La necesidad de ser de lo que llamamos violencia de género es la necesidad de los hombres de controlar a las mujeres en el sistema social que conocemos como patriarcado.
La violencia contra la mujer se reconoce en las pautas culturales, en las costumbres y los hábitos tradicionales que perpetúan la condición inferior de las mujeres: todas las prácticas que asignan a las mujeres una posición secundaria en la familia, en el lugar de trabajo, en la comunidad y en la sociedad.
RASGOS DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES
La violencia está estrechamente relacionada con la desigualdad de género. La violencia contra las mujeres es resultado de la idea del dominio masculino y de los valores que reflejan este poder sobre las mujeres.
La idea central del patriarcado es la representación de la masculinidad a través del dominio sobre la mujer. La identificación de la virilidad con el poder del hombre, lo que en el lenguaje popular se conoce como “machismo”, está intrínsecamente unida a la idea de que es legítimo imponer la autoridad sobre la mujer incluso mediante la violencia. Las mujeres son consideradas seres inferiores a los que se puede usar, despreciar e incluso maltratar.
La relación entre violencia y dependencia femenina crea un círculo vicioso: el hecho de que los hombres recurran a la violencia hace que las mujeres se sientan dominadas, y la idea de dominio sobres las mujeres refuerza la posibilidad de recurrir a la violencia contra ellas. A mayor desigualdad en el reparto de funciones, responsabilidades y recursos económicos, mayor es el poder que los hombres ejercen sobres las mujeres y mayor es el riesgo que estas tienen de sufrir violencia.
La gran fuerza de la dominación masculina reside en que es a la vez reconocida y admitida por los dominados. Esto se conoce como “violencia simbólica ”, es decir, la aceptación ideológica por parte de los dominadores y de los dominados. Es simbólica porque la creencia en la superioridad masculina es un aspecto central del orden establecido. La superioridad masculina es una característica cultural absolutamente innecesaria pero es un aspecto central del sistema social que conocemos como patriarcado. Con el concepto de violencia simbólica se pretende explicar que los dominados, en este caso las mujeres, interiorizan las ideas de superioridad de los dominadores, que las hacen pasar por órdenes de la naturaleza.
La violencia reduce la participación de las mujeres en todos los aspectos de la vida social porque
les infunde miedo e inhibe sus capacidades. La violencia deteriora la vida de las mujeres: socava su confianza en sí mismas, reduce su autoestima tanto física como psicológicamente, destruye su salud y niega sus derechos humanos.
Otra característica del patriarcado es la creencia de que los hombres “tienen derecho” a acceder carnalmente a las mujeres sin considerar los deseos y preferencias de ellas. A la vez, en el patriarcado, toda la sexualidad femenina está controlada y reprimida. La sexualidad de la mujer es un pecado que solo es posible superar mediante la vinculación matrimonial con un hombre. Esta clasificación extrema del comportamiento sexual nunca ha existido para los hombres, cuyas actividades sexuales fuera del matrimonio no suponían deshonra para ellos ni para sus familias.
El patriarcado, aún tiene un vigor considerable entre nosotros y emerge en forma de comportamientos que nos parecen irracionales. Las agresiones a las mujeres en el seno de las parejas son coletazos del patriarcado, que se muestra como un sistema de dominación que se resiste a desaparecer. Incluso hay quien considera que se acrecienta por esta resistencia y que la violencia interpersonal y el maltrato psicológico se generalizan debido precisamente a la ira individual y colectiva que sienten los hombres por su pérdida de poder.
La violencia de género no es un fin en sí misma, sino un instrumento de dominación y control social. Se utiliza como mecanismo de mantenimiento del poder masculino y de reproducción del sometimiento femenino.
La violencia trata de domesticar a las mujeres, de someterlas sin que se escapen, y por eso es un obstáculo a su autonomía y su libertad. Se utiliza para asegurar el sometimiento de las mujeres y el cumplimiento de los roles de servicio y cuidado que se les han asignado. Aún hoy en día la situación familiar puede debilitar la posición social de las mujeres, lo cual ayuda a mantenerlas en situación de sometimiento. Las mujeres viven una trampa en relación con la familia: su posición dentro de la misma debilita su posición en el ámbito laboral y social, y a la inversa, su posición débil en el ámbito laboral y social debilita su posición dentro de la familia. Este es el círculo vicioso que reproduce la discriminación femenina: no ganan dinero porque tienen que cuidar de la familia, y tienen que cuidar de la familia porque no ganan dinero.
Dado este carácter estructural de la violencia, hay una resistencia social a su reconocimiento. La violencia se concreta en agresiones individuales, pero forma parte de un mecanismo social de dominio de un grupo sobre otro. Otras manifestaciones de violencia, como los crímenes callejeros o el terrorismo, han obtenido por parte de la sociedad una reacción mucho más temprana.
Hay muchas agresiones y formas de violencia que no guardan relación con el hecho de ser hombre o mujer, mientras que aquí nos referimos a la violencia ejercida por los hombres para mantener el control y el dominio sobres las mujeres. Se utiliza el concepto de género para identificar las diferencias sociales y culturales que se producen entre los hombres y las mujeres, distinguiéndolo del concepto de sexo, con el que nos referimos a las diferencias biológicas. Estos dos conceptos, que nos ayudan a entender cómo la mayoría de los rasgos que configuran lo femenino y lo masculino son construcciones culturales, son un producto de la sociedad, no necesariamente derivados de la naturaleza.
A veces no entendemos la reacción de las mujeres y nos preguntamos por qué no se resisten más enérgicamente frente a la violencia masculina.
Esta pregunta pone de manifiesto un olvido de los aspectos ideológicos de la violencia: la importancia de la dependencia psicológica, además de la económica, que vincula a las mujeres con sus agresores. Porque lo que llamamos patriarcado no afecta solo a las creencias de los hombres sino también a las de las mujeres. Y estas creencias tienen una influencia enorme en su forma de entender lo que pasa, de explicar por qué ocurre y de vivir la experiencia de la violencia.
Las creencias patriarcales han preparado a las mujeres, durante cientos de años, para la aceptación del dominio masculino y su violencia. La buena esposa ha sido siempre la que se resignaba. El patriarcado hace equivaler el matrimonio estable y la unión familiar con el éxito personal de la mujer. Pueden llegar a creer que ser una buena madres y una buena esposa significa soportar todas las agresiones posibles antes de romper la unidad familiar.
El rol tradicional de esposa y madre pone a la mujer en situación de riesgo ante la violencia masculina. Un reparto de roles muy marcado entre el marido y la mujer supone un riesgo potencial, porque la mujer se siente más vulnerable ante las presiones masculinas, no solamente por no tener recursos propios de subsistencia sino por su especialización en el rol doméstico, que conlleva connotaciones de servidumbre. A partir de estas ideas la desigualdad se acrecienta, la desigualdad de las mujeres se da por descontada y, si se suman otros factores, la violencia contra la mujer se convierte en un aspecto habitual en la relación.
La idea de sumisión de la mujer como forma de asegurar la paz dentro del matrimonio está aún tremendamente arraigada entre nosotros.
La violencia de género supone una amenaza para todas las mujeres. Los incidentes concretos y particulares de violencia contra una mujer afectan colectivamente a todas las mujeres en cuanto influyen con su ejemplo en el conjunto de la sociedad y refuerzan el poder simbólico de los hombres. La violencia contra una mujer influye en toda la población y empuja al resto de las mujeres a tolerar conductas masculinas que no tolerarían si no tuvieran miedo de los hombres.
El mecanismo tiene mucho en común con las acciones de la mafia o del terrorismo, que hacen daño a aquel contra el que van destinadas pero que, a la vez, amedrentan al resto de la población y fomentan el silencio, la sumisión y la expansión del poder de los violentos.
La violencia no es un comportamiento natural, es una actitud aprendida mediante la socialización. Los valores que sostienen el aprendizaje de la violencia de género son el sexismo y la misoginia. El sexismo es el desprecio de las mujeres y la creencia de que es conveniente ejercer sobres ellas el dominio y forzarlas a la sumisión, además de adjudicarles las tareas serviles y rutinarias. La misoginia es el odio y el miedo a las mujeres, que también está estrechamente relacionado con las creencias acerca de la inferioridad de las mujeres y la necesidad de que sean controladas por los hombres.
Estas actitudes son ancestrales, propias de un sistema social antiguo y patriarcal, pero todavía persisten y se trasmiten a través de la socialización y de la educación de los jóvenes. Los valores patriarcales se trasmiten a través de la socialización y la convivencia con los modos violentos y despreciativos de tratar a las mujeres, enseña a tolerarlos y a repetirlos. La identidad masculina patriarcal se identifica con la fuerza y la agresividad; y, cuando se ve amenazada la “hombría patriarcal”, el hombre recurre a la violencia porque ese es el mecanismo aprendido.
La violencia es el instrumento más expeditivo para controlar las situaciones e imponer la voluntad, El uso de la fuerza como método para la resolución de conflictos se legitima cuando la ejercen los hombres en un modelo social que se apoya en la supremacía masculina.
Hay una cierta aceptación social de la violencia o, al menos, no hay un rechazo cerrado y definitivo. Decimos esto porque no se dan las mismas reacciones a las agresiones de género que ante otras, aunque los daños sean similares. Por ejemplo, es muy frecuente que los vecinos o familiares sean testigos pasivos de la violencia contra las mujeres. A veces acuden para ayudar y consolar a la víctima, pero muy raramente ponen denuncias, intervienen o declaran en contra del agresor.
En los casos de violencia doméstica también se cae frecuentemente en la tentación de investigar las provocaciones de la víctima.
En la historia de estos delitos nos encontramos con la complicidad de la tradición y de la religión, que se han inclinado a ver la violencia como un fenómeno inevitable. Resignarse y aguantar han sido los “buenos” consejos recibidas por muchas mujeres maltratadas.
Aunque la violencia contra las mujeres es uno de los crímenes más comunes y extendidos, es también uno de los menos conocidos de la historia de la humanidad y hasta muy recientemente no se ha considerado como tal.
El primer paso para solucionar un problema social es reconocerlo, y para reconocerlo, hay que identificarlo y definirlo; antes de eso no existe.
Al tratarse de un rasgo común a la mayoría de las sociedades, la violencia contra las mujeres es muy difícil de advertir. Como el primer paso para enfrentarse a un problema social es hacerlo visible. La situación tiene algo de circular, no es posible verla si no se considera un problema, y solo es posible definirla como problema después de haberla hecho visible.
Todavía hoy, la violencia no se ve, porque tampoco se quiere ver. Hay numerosos mecanismos para minimizarla y esconderla; los aspectos “privados” de la violencia de género ayudan a ocultarla. Empezar a verla y volverla inadmisible como comportamiento. Defender la igualdad entre los hombres y las mujeres y con ello deslegitimar todas las conductas que buscan el sometimiento de las mujeres.
SER DIFERENTES Y SER IGUALES
La violencia contra las mujeres tiene su origen en el patriarcado, que es una forma de dominio y organización social compartida por casi todas las sociedades conocidas históricamente y que solo recientemente empieza a cuestionarse.
Todas las sociedades conocidas participan, en mayor o menor medida, de los rasgos del patriarcado, organización social en la que los hombres detentan el poder y mantienen sometidas a las mujeres. La necesidad del sometimiento de las mujeres es un aspecto básico del funcionamiento del patriarcado. La violencia es necesaria para mantener relaciones de poder desiguales cuando la socialización y otras formas de integración social no son suficientes.
Las primeras formas de organización social nos hablan del patriarcado como una estructura básica de familias organizadas en tono al padre o varón de más edad. La autoridad del hombre en la familia es el punto de partida de la autoridad y del poder en el grupo social. Esta forma de organización social basada en el poder masculino impone el sometimiento de las mujeres. Primero hay que dominarlas, pues las mujeres tienen que someterse a las decisiones tomadas por los hombres. Esta sería la explicación de la aparición original de la violencia. No puede haber dominio y disposición sobre las mujeres sin alguna forma de violencia, ya sea usando la fuerza sobre ellas, o simplemente la amenaza de fuerza, para lograr su obediencia. Con el tiempo se llega a unos estereotipos del comportamiento femenino y masculino, con asignación de rasgos psicológicos para cada sexo. El problema no es la diferencia, sino que confiera mayor valor a los roles asignados a los hombres.
La historia y la filosofía han ayudado a reforzar la ideología patriarcal y sirven como instrumentos de aprendizaje y modelo de conducta para las sucesivas generaciones. El derecho ha cristalizado estos valores y costumbres y los ha convertido en normas de conducta.
La religión ha influido especialmente en la vida cotidiana de las gentes y en las relaciones entre los sexos en la vida privada. La mujer no tenía control sobre su propiedad ni potestad sobres sus hijos ni independencia económica, por lo que no le quedaba más remedio que aceptar la infidelidad y la violencia y conformarse con el modelo de esposa sumisa.
Las diferencias entre los hombres y las mujeres, marcadas por la biología, se traducen culturalmente en desigualdades, es decir, en superioridad masculina e inferioridad femenina, sin advertir que, dentro de la naturaleza, tan valiosas e importantes son las contribuciones femeninas como las masculinas.
Un proceso interesante desde un punto de vista filosófico y político que se produce para explicar la violencia contra las mujeres es el de la “naturalización” de la misma, haciéndola aparecer como un impulso masculino natural e incontrolable. Con ello se ocultan y niegan las diferencias de poder entre los hombres y las mujeres, dando a las relaciones de género el carácter de “naturales”, de modo que se hace muy difícil replantear el conflicto y reivindicar la igualdad.
La “naturalización” que se ha expandido a lo largo del siglo XX es la forma más reciente de legitimar y excusar la violencia de género, dándole carta de naturaleza al convertirla en algo intrínseco de la psicología masculina. Se explica la conducta de los hombres como una derivación de la agresión natural del género masculino, y el sometimiento de las mujeres como un rasgo también natural vinculado a la pasividad de la hembra humana.
Cuando aparecen mujeres fuertes, valientes, independientes, decididas a no dejarse intimidar, se buscan explicaciones extrañas que atribuyen a su personalidad carencias infantiles y se trata de estigmatizarlas como individuos inadaptados, además de responsabilizarlas de cualquier problema que aparezca en su entorno personal y familiar.
Con la democracia se empieza a cuestionar el poder de los hombres sobre las mujeres y, por tanto, deja de ser legítima la violencia de género como aspecto estructural del orden social. Estamos actualmente en plena etapa de transición, en la que aunque el patriarcado ha perdido su legitimidad, no ha dejado de tener vigencia. Es más, en cierta forma, su resistencia a desaparecer es la que explica la ferocidad de ciertas formas de violencia que se ejercen contra las mujeres. Se ha pasado de la tradición al crimen. Las agresiones contra las mujeres ya no son vistas como proezas ni como rasgos necesarios del orden social, sino como violaciones de los derechos individuales y como crímenes. Siguen siendo un arma de guerra y un arma contra las mujeres, pero han sido repudiadas ideológicamente y no pueden ser objeto de vanagloria.
La violencia afecta a las relaciones entre los hombres y las mujeres y presenta múltiples aspectos según qué tipo de sometimiento femenino persiga. La violencia interviene en todas las esferas de la vida de las mujeres; se desarrolla en la familia, influye en las formas de establecer las relaciones sexuales, afecta al mundo del trabajo, las formas de ocio, la cultura y los estilos de vida.
Son hombres los que ejercen la violencia, pero los agentes de la misma no son solamente hombres, porque no hay que olvidar que también las mujeres están inmersas en la cultura y sujetas a su influencia. Muy frecuentemente son las mujeres los agentes de esta violencia, en cuanto trasmisoras de las normas de desigualdad y sometimiento entre los géneros a través de la socialización de sus hijos y de sus hijas. De ello tenemos una muestra terrible, que refleja asimismo el carácter estructural de esta violencia, en el caso de las mutilaciones genitales a las que son sometidas las niñas en algunas sociedades africanas, una práctica que trasmiten y de la que se encargan las mujeres.
Es difícil diferenciar entre unas y otras formas de violencia porque la mayoría de las veces se presentan conjuntamente, combinándose unas y otras de forma compleja.
La violencia contra las mujeres vulnera la libertad y la dignidad de las mujeres. Lo que es indiscutible es que estas discriminaciones sitúan a las mujeres en una posición de debilidad económica que las hace más vulnerables ante la violencia y les dificulta escapar a las agresiones de las que pueden ser objeto.

El acoso vulnera el derecho a la intimidad, a la dignidad, a la seguridad y a la integridad física y moral de la mujer. Es un proceso de destrucción en el que cobran mayor importancia los aspectos psíquicos que los puramente físicos de la agresión. El acoso sexual es una forma más y de las más graves de acoso moral.
La prostitución sigue siendo una práctica de violencia contra las mujeres no erradicada en las sociedades actuales. La explotación sexual y el confinamiento no son solo resultado de la existencia de mafias o de funcionarios corruptos que hacen la vista gorda ante ciertos crímenes para lucrarse personalmente, sino que también son resultado de una aceptación pasiva por parte de los clientes, que consideran a las prostitutas como inferiores y despreciables.
La forma más frecuente de violencia familiar es el maltrato a la esposa. La combinación de violencia física y maltrato psíquico del hombre a su esposa o compañera es el caso más frecuente de violencia doméstica y está muy difundido en las sociedades actuales. La violencia física tiene muchas formas y muchos grados, pudiendo ir desde los empujones y bofetadas hasta golpes que producen la muerte.
La violencia psíquica incorpora todas aquellas formas de tratar a las mujeres que limitan su libertad o niegan sus derechos y su dignidad. Pueden considerarse como tales los insultos, los desprecios, la adjudicación estereotipada de tareas serviles, la negación de su capacidad de trabajar, así como la prohibición de contactar con amigos y familiares. A veces se habla también de violencia económica para referirse a aquellas situaciones en que las mujeres tienen limitada su capacidad de obrar, de trabajar, de recibir un salario o de administrar sus bienes por el hecho de ser mujeres, todas ellas situaciones que las colocan en una posición de inferioridad y desigualdad social.
Millones de mujeres en todo el mundo son maltratadas por sus maridos, novios o amantes. Es una forma de asegurar, en el ámbito individual, el mandato patriarcal que decreta sumisión de las mujeres al poder de los hombres. Esta violencia se considera un asunto privado en la mayoría de las sociedades y se lleva en secreto. Las formas de violencia conyugal son muy diversas, desde las muestras más o menos insidiosas del maltrato psíquico a las expresiones más brutales de fuerza que causan la muerte.
Los malos tratos no siempre son agresiones físicas, en tanto que su objetivo no es causar una lesión inmediata, sino someter a la persona sobre la que se ejercen. En este sentido es preciso ver cada agresión como un nudo, especialmente fuerte, dentro de una trama continua de coacciones. Son muchas las formas bajo las cuales aparecen los malos tratos psicológicos, el abuso emocional y la violencia física contra las mujeres. Todas ellas se conceptualizan como violencia en cuanto son formas de coacción y de imposición de conductas que ejercen los hombres para someter a las mujeres.
En los casos de violencia doméstica suelen coexistir diferentes formas de maltrato que se refuerzan: la violencia física siempre contiene elementos de violencia emocional, que a menudo va acompañada de amenazas de violencia física, y la violencia sexual está impregnada de violencia emocional y física.
La familia es un lugar central para el aprendizaje de la violencia. Hay un modelo de resolución de conflictos implícitamente aceptado, que es desigual y que es el caldo de cultivo de la violencia contra las mujeres. En la mentalidad tradicional y patriarcal, está justificada: la necesidad de orden y unidad esconde una estructura de poder en la que el conflicto no llega a manifestarse porque ya de antemano se impone el padre de familia.
Solventar choques de intereses y opiniones, negociar y dialogar, en lugar de imponer unilateralmente el poder, son mecanismos que respetan los derechos de cada uno y pueden llevar al crecimiento personal de todos los miembros de la familia. La percepción de que solo él, que desempeña un trabajo remunerado, contribuye al bienestar de la familia, está en relación con las ideas de desvalorización de las mujeres. Con estas ideas se refuerza la desigualdad de la pareja: ella no vale nada porque solo trabaja en casa y él es el amo porque es el que trae el dinero a casa. Y la dependencia económica es un factor que ayuda a la violencia en cuanto que refuerza la vulnerabilidad de las mujeres.
El rechazo social hacia quienes ejercen la violencia doméstica requiere que la sociedad haga suyas las normas de respeto e igualdad hacia las mujeres y la noción de que la esfera de lo privado no puede ser un reino de impunidad para los más fuertes. Estos valores son recientes en nuestra sociedad y aún es necesario fomentarlos.
Con el rechazo a la violencia doméstica, los maltratadores están más a raya. Este control del entorno del agresor añade eficacia a la lucha contra la violencia de género y dificulta las agresiones cuando hay familiares o amigos presentes. Con un rechazo frontal de la sociedad se impulsaría las denuncias, se aportarían más testigos en los juicios y se daría a las víctimas un mayor apoyo para salir de su situación.
El rechazo social trata de estigmatizar a los agresores para que no solo se enfrenten al coste de la justicia, sino también al coste de la sanción social. Y, quizás lo más importante, evita que la víctima sea doblemente victimizada por un entorno que no entiende los estragos de la violencia.
Los debates sociales sobre violencia doméstica ponen de manifiesto que todavía existe una gran tolerancia social frente a las agresiones a las mujeres. Se podría resumir en la consideración de la violencia como algo que “convendría que desapareciera” pero que tampoco es un problema tan grave que justifique tomar medidas demasiado radicales.
En el momento en que los hombres no vean como una posibilidad el recurrir a la coerción violenta contra su pareja y las mujeres sean capaces de hacer respetar sus derechos, la violencia doméstica tendrá menos razón de ser. Es importante que los valores familiares se liberen de la ideología patriarcal para que los integrantes de la familia vean el conflicto como un rasgo normal y potencialmente positivo, que pueda encauzarse por el diálogo en vez de resolverse por la imposición de una parte.
Además de la familia, la educación tiene otros agentes fundamentales: la escuela y los medios de comunicación y deben incluir en sus planes medidas de fomento de la educación en la igualdad.
Uno de los problemas que plantea la violencia doméstica es hacerse visible. Solo los casos extremos salen a la luz, y ni los agresores ni las víctimas quieren que se sepa. En este tema hay muchos que defienden como valor superior el derecho a la intimidad familiar, pero la pérdida de la intimidad es un mal menor cuanto están en riesgo la salud e incluso la vida de muchas mujeres.
Es necesario definir la violencia doméstica como un problema de todos. No puede seguir siendo una cuestión privada, ha de ser tratado como un asunto público. No es únicamente un asunto de pareja, es un problema social de primera magnitud y que afecta a todos.
Si se justifica la violencia con la agresividad de la naturaleza humana o se explica su aparición como efecto del alcohol o de otras sustancias tóxicas; si se culpa a la pobreza, a la marginación o incluso a la actitud de sumisión de las propia mujeres víctimas, confundiendo la razón de la violencia con los factores que frecuentemente la acompañan, es muy difícil combatirla.
Hay que tener claro que la violencia es una conducta aprendida que se puede modificar. Sin embargo este camino requiere una de las cosas más difíciles de lograr: la voluntad política de hacerlo, la decisión y el liderazgo suficientes para reconocer el problema y tomar las medidas necesarias para erradicarlo.
La agresión masculina llega al máximo en su intento de controlar la vida de la mujer con la muerte de esta. El agresor que no logra apoderase de la mujer que cree que es suya le quita la vida. En estos casos, el hombre despechado que busca el castigo de su mujer le hace todo el mal posible, la destroza totalmente.
Los episodios de muerte a manos de su pareja se producen en mucha mayor proporción entre las mujeres procedentes de otros países y estos brutales sucesos se producen entre parejas que han roto o que están en fase de ruptura. Algunos individuos viven el abandono de la mujer como una pérdida de la propia virilidad y recurren a la agresión extrema como una forma de dominación.
Todas las formas de violencia tratan de imponer el dominio de un individuo sobre otro, y en este sentido todas las formas de violencia tienen algo en común. Sin embargo, se trata de diferenciarlas en cuanto a los mecanismos que se utilizan para alcanzar el control y la imposición personal.
Se diferencia entre violencia física y psíquica según los mecanismos que se pongan en juego para ejercerla: la fuerza o la manipulación psicológica. También es posible diferenciar la coacción ejercida según cuál sea el control que persiga: control de las relaciones o de las actividades, control del rol doméstico o control económico. Y existe también la violencia sexual, que puede ejercerse utilizando métodos físicos o psíquicos de imposición. En la realidad todas estas formas de violencia se mezclan unas con otras, además de presentar todas ellas diferentes niveles de gravedad.
Numerosas mujeres que reciben malos tratos no tienen conciencia de ello, hay un número importante de mujeres que sienten que se las discrimina y se las desprecia y que comparan su situación con el derecho que tienen a ser tratadas con igualdad y con dignidad. Estas mujeres se identifican como maltratadas. Generalmente las mujeres que advierten la violencia y la viven subjetivamente como maltrato son las que están en situaciones de mayor gravedad; pero a la vez son las que mejor pueden rebelarse contra ello, pues son las que alcanzan a tener conciencia sobre el maltrato y las que antes pueden acudir a instituciones en busca de ayuda
La relación entre la violencia contra las mujeres y la ruptura de pareja es muy importante. En primer lugar porque la violencia es causa de la ruptura en buena parte de los casos y también porque, cuando se anuncia la ruptura, se desencadenan en gran medida conductas violentas. La violencia es causa y consecuencia de las rupturas.
Los malos tratos no son actos esporádicos sino que, por el contrario, responden a un comportamiento agresivo o despectivo que se prolonga en el tiempo. La mayoría de las mujeres que sufren malos tratos los vienen padeciendo desde hace años. Está empíricamente comprobado que el maltrato tiene consecuencias psicológicas y físicas muy nocivas para las mujeres que lo sufren (...).
Obra social "La Caixa"
“La única forma de aprender a amar es siendo amado. La única forma de aprender a odiar es siendo odiado”. Ashley Montagu, La agresión humana, 1976
VIOLENCIA HUMANA
(..) Es un hecho irrefutable que los hombres exhiben mayor tendencia a ejecutar actos violentos que las mujeres. La prueba estadística es contundente, los varones comenten el 85% de todos los homicidios, y forman el 90 % de la población encarcelada por crímenes de sangre en el mundo. Hay mujeres sanguinarias, pero son casos que precisamente por su rarez despiertan casi tanta curiosidad como indignación.
También es verdad que los hombres son con mucha más frecuencia víctimas de la violencia que las mujeres, incluyendo infanticidios. Se calcula que, en las naciones de Occidente, el 14% de todas las muertes masculinas y el 6 % de las femeninas son causadas por agresiones con uso de la fuerza.
A la hora de explicar las tendencias violentas de las personas, casi siempre surge la competición entre la influencia de los genes y el impacto de los avatares de la vida o las normas culturales.
La creencia en el origen innato e irremediable de la agresión maligna con frecuencia sirve de premisa fundamental en la construcción de teorías que alimentan actitudes impotentes, pasivas y fatalistas ante la destructividad humana y sus posibles remedios.
Hoy tenemos a nuestra disposición cientos de estudios científicos que demuestran que la violencia no es instintiva sino que se aprende. Los seres humanos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestra forma de ser. Pero los comportamientos más complejos, desde el sadismo hasta el altruismo, están condicionados por nuestra personalidad y los valores culturales que moldean y regulan nuestras actitudes y decisiones. Por eso, es un gran error ignorar el papel que desempeñan en el desarrollo de la predisposición a la crueldad ciertas influencias nocivas de los adultos importantes de la infancia y del ambiente familiar y social en que nacemos, crecemos y vivimos. Recordemos que las personas discriminan y deshumanizan a sus semejantes por prejuicios, torturan por odio, matan por venganza y violan por dominio, no por instinto.
Desde que nacemos hasta que maduramos el cerebro se cuadriplica de tamaño como consecuencia del aumento de las conexiones entre las neuronas. Y es precisamente en este órgano vital donde se cuecen las emociones, los pensamientos, los impulsos, las conductas y, literalmente, el carácter pacífico o violento de las personas.
Nadie nace con un temperamento hostil o cruel, y nadie se vuelve hostil o cruel sin tomarse el tiempo necesario para aprenderlo. La experiencia que mejor adiestra a los seres humanos a recurrir a la fuerza bruta y despiadada para aliviar sus frustraciones o resolver relaciones conflictivas es haber sido objeto o testigo de degradaciones y abusos brutales repetidamente durante la niñez. Las criaturas maltratadas tienen más probabilidades de volverse emocionalmente insensibles a los horrores de la crueldad que quienes crecen en ambientes seguros y acogedores.
En suma, las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia. Estas simientes se nutren y crecen impulsadas por los mensajes y agresiones crueles del entorno social hasta llegar a formar parte inseparable del carácter del adulto.
CRUELDAD EN EL HOGAR
La familia constituye el compromiso social más firme de confianza, el pacto más resistente de protección y de apoyo mutuos, el acuerdo más profundo de amor que existe entre un grupo de personas. Sin embargo, el hogar es también un ambiente pródigo en contradicciones. En el seno familiar se desarrollan las relaciones más generosas y duraderas, y, al mismo tiempo, se viven los enfrentamientos y los conflictos más apasionados entre hombres y mujeres, entre adultos y pequeños.
Las agresiones sádicas repetidas y prolongadas se producen sobre todo en condiciones de cautiverio, en las que las víctimas no pueden escapar de la tiranía de su verdugo y es subyugada por la fuerza bruta o por imposiciones económicas, legales, sociales o psicológicas. Esta condición se da con demasiada frecuencia en la intimidad familiar.
La violencia en la familia suele estar escondida celosamente de la luz pública, rodeada de una coraza protectora de tabú y silencio. En el medio familiar, las mujeres y los niños han sido las víctimas más frecuentes de la agresión maligna, generalmente por parte de los hombres. Su menor fortaleza física les hace más fáciles de explotación y de abuso.
En la trama complicada de las relaciones de pareja existen dos situaciones que evidencian con una crudeza sorprendente cómo el amor se convierte en odio en la mente de los seres humanos. Una está configurada por los celos, y la otra por la ruptura de la relación.
En verdad, no transcurren muchos minutos sin que se imponga la fuerza bruta, se clave un cuchillo, o se dispare una pistola a causa de los celos. Sin embargo, el ansia irracional e insaciable de absoluta posesión desata en la persona anhelos voraces de control, dominio y sometimiento. Estos deseos primarios niegan la identidad y la autonomía de la pareja, corrompen la confianza y conducen forzosamente al rencor.
Las separaciones y los divorcios constituyen escenarios donde se representa con dureza y amargura la violencia familiar. La mayoría de los hombres y las mujeres considera el matrimonio un paso esencial en su búsqueda de la felicidad y más del 95 % lo demuestra casándose. Al mismo tiempo, cada día más parejas deciden romper una relación que se ha convertido en fuente permanente de desdicha. Situación que probablemente inspiró a Jean-Paul Sartre a decir aquello de “el infierno es el otro”.
Y es que las desavenencias entre hombres y mujeres a veces son mortales, tienen un desenlace falta. Ciertas parejas además de atentar contra la integridad física, emocional, económica y la reputación del ex cónyuge, planean con todo cuidado la destrucción de sus vínculos con los hijos. Algunos, hundidos en el abismo del revanchismo, llegan hasta raptarlos y desaparecer.
ACCIDENTES CULTURALES
Las vejaciones de mujeres y niños en la intimidad del hogar han sido en gran medida amparadas por viejos y opresivos principios sociales y usos culturales que han promulgado la subordinación casi absoluta de la mujer al hombre y de los pequeños a sus progenitores.
La cultura es como la sal en la sopa, no se ve pero hace mucho. En definitiva, la cultura, con su entramado de creencias, modelos y expectativas, nos guía y nos regula.
Aunque los orígenes de los preceptos culturales que han decretado el sometimiento de las mujeres a los hombres no están muy claros, un acontecimiento muy influyente fue la aparición en el mundo de las religiones monoteístas que identificaban a un dios masculino, hace unos tres milenios. Desde entonces hasta hace menos de un siglo, la discriminación y la opresión del sexo femenino han sido ignoradas y hasta justificadas por doctrinas religiosas, teorías filosóficas y reglas sociales que devalúan a la mujer. Como consecuencia, durante siglos la mujer ha soportado indefensa y en silencio los abusos de su compañero.
Otra costumbre bastante antigua ha sido culpar a la mujer maltratada de su propia desdicha. Incluso los profesionales, de la salud mental han manifestado hasta hace poco esta inclinación. Ejemplo clásico ha sido el viejo y manoseado razonamiento de que la agresión masculina en la relación de pareja satisface la “necesidad de sufrir” de la mujer, a quien se achaca una personalidad dependiente y perdedora.
Todos los arquetipos son resistentes al cambio, pero uno tan potente como la figura de la compañera masoquista resulta especialmente tenaz. Esta imagen, labrada en la vieja losa de la división sexual del trabajo que forzó a la mujer al aislamiento, a la dependencia y a la desigualdad, aún perdura en la memoria colectiva, a pesar de haber sido prácticamente rechazada tanto por el sentido común de la gente razonable como por la comunidad científica.
MUJERES MALTRATADAS
Para la mayoría de las mujeres la violencia empieza en el hogar, a manos de los padres, de los hermanos o de la pareja. Al contrario de lo que sucede con los hombres, más de las dos terceras partes de los actos violentos, incluidas las violaciones, perpetrados contra mujeres son cometidos por algún familiar o persona cercana. De hecho, los daños físicos y emocionales que sufren estas mujeres son más graves cuando el agresor es un pariente o conocido que cuando se trata de un extraño. El miedo a las represalias del verdugo y la actitud de suspicacia y el rechazo con que a menudo son tratadas por la sociedad, hacen que muchas víctimas no denuncien los ataques.
Hay mujeres maltratadas que, a pesar de no atreverse a defenderse a sí mismas, protegen a toda costa a los hijos. Pero algunas están tan amedrentadas que no osan intervenir, ni siquiera cuando son testigos de actos brutales contra los pequeños. Llegado este momento se puede decir que la desmoralización de la mujer es total, y que su voluntad está verdaderamente rota.
También existen hombres maltratados por sus esposas o amantes, pero la proporción es mucho menor.
Además de lesiones físicas la violencia familiar causa en las víctimas graves trastornos emocionales al destruir su autoestima y confianza. Los malos tratos repetidos socavan los principios que dan sentido a la vida y las premisas fundamentales sobre la estabilidad y el orden del mundo que les rodea. Abrumadas por profundos sentimientos de vergüenza, degradación, miedo, rabia y desconocimiento, muchas mujeres maltratadas se sienten totalmente solas, abandonadas, desconectadas. Sufren insomnio, ansiedad, terrores nocturnos, fobias, dificultad para concentrarse, depresión y los efectos de imágenes muy vívidas de las agresiones que se entrometen en su mente.
No pocas supervivientes son objeto de juicios sociales tan injustos como crueles. La propensión de algunas personas insolidarias a culparlas de su desgracia a menudo se convierte en una barrera que se interpone en la asistencia a las víctimas.
El ansia irracional de control y de poder sobre la otra persona es la motivación principal del agresor. Otras características incluyen una infancia cruel, los sentimientos de inferioridad, la personalidad antisocial, los celos, la paranoia, la impulsividad, la baja tolerancia para la frustración, el alcohol y ciertas drogas.
NIÑOS TORTURADOS
En las familias donde hay mujeres maltratadas siempre hay niños maltratados.
La realidad, sin embargo, es que la explotación de los niños no tiene fronteras de estados mentales ni de clases sociales. Lo que sucede es que los casos registrados en hogares pobres o a manos de enfermos mentales suelen salir a la luz pública más frecuentemente. Los malos tratos a niños de familias de clase media alta, tienden a pasar más desapercibidos, acontecen a puerta cerrada, a escondidas, y a menudo no se descubren durante largos períodos de tiempo.
En estas orgías desenfrenadas de odio en la intimidad, adultos impulsados por una fuerza maligna, golpean, muerden, azotan, ahogan, queman, desgarran o, sin más, matan de hambre a criaturas indefensas.
La particularidad más común entre los progenitores violentos es el haber sido ellos mismos víctimas de abuso o de abandono durante su infancia. Algunos padres mezclan actitudes punitivas con expectativas poco realistas de la capacidad de los pequeños, de lo que los niños de corta edad pueden dar de sí o hacer. Exigen obediencia, control y disciplina, mientras que al mismo tiempo, ignoran las necesidades, los sentimientos y deseos de los pequeños. De todas formas, el rasgo que mejor identifica a estos verdugos es la falta de empatía hacia las criaturas, o la incapacidad para ponerse con afecto en sus circunstancias, y su completa ineptitud para comprender las limitaciones y vulnerabilidades de los niños.
Otro aspecto de violencia contra los niños que está recibiendo mucha atención es el abuso sexual en la intimidad del hogar. Como consecuencia de la mayor concienciación pública de este problema, en los últimos años se ha producido un incremento significativo de los casos de denuncia.
Los niños atrapados en estos ambientes de explotación sexual se enfrentan con retos formidables a la hora de sobrevivir: deben adaptarse a sometimientos vejatorios y simultáneamente tienen que encontrar la forma de mantener ciertos vínculos con personas que son indignas de su confianza. El abuso sexual es una aflicción de indefensos. La víctima está sometida y es incapaz de protegerse. Claudica, se desconecta del mundo, se distancia de sí misma y, finalmente, pierde su identidad.
Ante la imposibilidad de escapar, los pequeños no tienen más remedio que fabricar un sistema de explicaciones que les ayude a justificar su infortunio. Inevitablemente, la mayoría de estas criaturas concluyen culpándose a sí mismas, convencidas de que la causa de su situación es su maldad innata. Desarmados y con su autoestima dañada, se deprimen y se aíslan.
No pocos revivirán durante años las penosas y humillantes experiencias como si estuvieran ocurriendo en el presente.
“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. La posición neutral ayuda siempre al opresor, nunca a la víctima. El silencio estimula al verdugo, nunca al que sufre” Elies Wiesel, premio Nobel de la Paz 1986.
SEMILLAS DE VIOLENCIA
“Más yo os digo que de igual forma que ni una sola hoja se torna amarilla sin el conocimiento silencioso de todo el árbol, tampoco el malvado puede hacer el mal sin la oculta voluntad de todos vosotros” Jalil Gibran, El profeta, 1923.
Un axioma básico sobre el desarrollo de la personalidad es que el amor engendra más amor y la violencia engendra más violencia.
La formación normal del carácter requiere la satisfacción razonable de ciertas necesidades esenciales: alimento, seguridad, protección de las inclemencias del medio ambiente, calor humano, afecto y estímulo. De igual importancia es la presencia estable de adultos que sirvan de modelos y proporcionen apoyo, ánimo, comprensión, sentido de disciplina, dirección y que enseñen al menor a discriminar entre el bien y el mal.
Desde los primeros instantes, si las necesidades biológicas y emocionales se satisfacen, el pequeño comienza a desarrollar el sentido de seguridad, la confianza en sí mismo y en los demás. Un entorno hogareño, escolar y social saludable estimula la autoestima, el sentimiento de pertenencia a un grupo, el placer de juego en equipo, el sentido de hermandad y de justicia, y la capacidad de empatía o la aptitud para ponerse con afecto en las circunstancias ajenas.
Por el contrario, bajo condiciones perjudiciales de abandono, inseguridad, privación, falta de afecto y abuso físico o psicológico, las criaturas tienden a adoptar un talante desconfiado, dubitativo y temeroso. Los pequeños se sienten inferiores, indefensos, se desmoralizan y tiran la toalla. Ante estas circunstancias adversas, muchos niños tienen dificultad para discernir entre el bien y el mal, no desarrollan la capacidad de autocrítica o de remordimiento, no sienten compasión hacia el sufrimiento ajeno ni llegan a apreciar totalmente el valor de la vida. Además, este entorno nocivo altera la capacidad de controlar los impulsos y trastorna las relaciones con los demás, mina la disposición para la intimidad, la habilidad para verbalizar sentimientos y la aptitud para entender el punto de vista de otros.
Los niños y las niñas que son con regularidad testigos o víctimas de actos crueles muestran mayor propensión hacia los comportamientos violentos que aquellos que no han sido sometidos a estas injurias.
En cuanto a la personalidad, los rasgos paranoicos, antisociales y narcisistas forman el grupo de riesgo más importante. Las personas de carácter paranoico tienden a proyectar o a atribuir a los demás actitudes hostiles o intenciones malévolas que realmente no poseen. Asumen fácilmente que la gente les engaña o que quieren explotarles. En el seno de la pareja, son celosos del compañero, dominantes, controladores y ponen continuamente en tela de juicio su fidelidad.
Por su parte, los caracteres antisociales poseen una fuerte propensión hacia el engaño, la irresponsabilidad, la manipulación y la delincuencia. Ignoran los derechos de los demás sin escrúpulos ni remordimiento y hacen caso omiso de sus sentimientos y deseos. Las peculiaridades típicas de las personas narcisistas son la necesidad insaciable de admiración, la prepotencia, la envidia, la arrogancia y un exquisita sensibilidad hacia cualquier tipo de rechazo.
Culpar a la enfermedad mental de las atrocidades incomprensibles reconforta a mucha gente pues, al igual que al final de una fábula de Esopo, el acto inconcebible tiene una explicación. Sin embargo, estos estereotipos negativos son injustos. Además, crean enormes problemas para los hombres y mujeres que sufren trastornos mentales graves y para sus familiares. Interfieren con su acceso al trabajo, a los programas comunitarios, y dificultan su integración en la sociedad. La verdad es que los enfermos mentales son con más frecuencia objeto de violencia que autores de ella.

El culto al poder que engendra la glorificación de los privilegios del patriarcado quizá sea la semilla cultural más perniciosa de la violencia en la intimidad. La idealización de actitudes y comportamientos masculinos agresivos impregna la subcultura de los niños, sus lecturas, sus programas televisivos, sus deportes y sus juegos de vídeo. Y, a medida que crecen, estos rasgos sirven para justificar la liberación de su agresión en sus relaciones con otras personas.
Varias investigaciones comparativas demuestran que las actitudes culturales sexistas están relacionadas con altas tasas de violencia contra la mujer. En estas culturas, a los niños se les enseñan a ser agresivos y dominantes y a las niñas a ser dóciles y sumisas.
Un dato que no debemos perder de vista es que esta crueldad no es casual, ni inevitable.
TRAUMA Y SUPERACIÓN
El estudio del trauma emocional que producen en las personas las situaciones de violencia, indefensión y terror es un hecho reciente. El diagnóstico del estrés postraumático, emblema de la alteración mental que desencadenan esas experiencias extremas, no fue introducido en el catálogo oficial de enfermedades hasta 1980.
La lista de los síntomas más típicos de este trastorno incluye los bombarderos incontrolables de la mente con escenas estremecedoras de los sucesos, pesadillas, el estado de alerta constante, la tensión nerviosa y las conductas que tratan de evadir la memoria de lo sucedido. Se habla de estrés agudo cuando la duración de los síntomas es menor de tres meses, crónico si se prolonga más, y de comienzo tardío si el cuadro aparece seis meses o más después de los sucesos.
La gran mayoría de las víctimas de la violencia en la intimidad del hogar familiar sufren estrés postraumático en mayor o menor grado. La gravedad de los daños depende de la intensidad y duración de las agresiones, y de los recursos emocionales, físicos y sociales que posea la víctima. Las amenazas contra la integridad mental, corporal o contra la vida misma nos convierten en seres muy vulnerables. Presos de la inseguridad, la angustia, la impotencia, el temor y la desorientación, vemos minada nuestra capacidad de pensar con claridad, de concentrarnos o de tomar decisiones.
Por consiguiente, lo primero que las víctimas necesitan es recuperar el sentido de seguridad –fuera del alcance del agresor- y recobrar un mínimo de control sobre su vida inmediata y su entorno. Esto les permitirá recobrar una dosis razonable de confianza y comenzar a reconstruir un nuevo proyecto vital
Es normal que los afligidos se sientan agotados, tristes, tensos, irritables, confundidos y preocupados por su equilibrio emocional. Por eso, una intervención educativa muy útil consiste en aclararles que los síntomas que sienten constituyen “la respuesta normal a una situación anormal”.
Ante la violencia en la intimidad, la información más beneficiosa que pueden obtener los afectados es la que detalla los programas y recursos de ayuda que existen en su comunidad. También es útil recibir consejos de expertos sobre cómo apaciguar el miedo y la consternación.
Tratar de eludir, reprimir, negar o anestesiar las experiencias intolerables para mantener el equilibrio emocional, es una reacción protectora natural de la víctima.
A la hora de entender los efectos perjudiciales que pueden causar las imágenes y sensaciones dolorosas acumuladas en la mente, ayuda saber que las personas mantenemos desde la infancia dos memorias independientes, una verbal y otra emocional. La memoria verbal es el método habitual de captar, retener y recordar las vicisitudes que forman el guión de nuestra vida. El contenido de esta memoria se evoca con palabras. La memoria emocional, por el contrario, se encarga únicamente de almacenar las imágenes de horror y las sensaciones corporales más fuertes vinculadas a experiencias angustiosas de peligro. Los recuerdos acumulados en la memoria emocional no se expresan con palabras sino con fogonazos de las escenas aterradoras, y sensaciones corporales de miedo.
Mientras que las experiencias que guardamos en la memoria verbal van perdiendo poco a pocos su intensidad afectiva original, los sucesos estremecedores que se archivan en la memoria emocional no cambian. Su vigor no se marchita con el paso del tiempo y, al rememorarlos, revivimos las experiencias abrumadoras pasadas como si estuvieran ocurriendo en el presente.
Verbalizar los acontecimientos que nos han aterrorizado en un ambiente seguro permite transformar poco a poco las imágenes y sensaciones de terror guardadas en la memoria emocional en recuerdos más manejables bajo el control de la memoria verbal. Al relatar y ponerles palabras a estas escenas de horror minimizamos la posibilidad de que se enquisten o de que provoquen problemas emocionales crónicos.
La desdicha está hecha para ser compartida.
Pasar página y comenzar un nuevo capítulo de la vida no implica olvidarse de los infortunios pasados ni restarles gravedad, se trata de liberarse emocionalmente el ayer lacerante.
PREVENCIÓN
La tarea más eficaz a la hora de atajar la violencia doméstica se apoya en dos premisas. La primera es que ningún ser humano nace maltratador del prójimo, ni se convierte en uno como por arte de magia a los veintiún años. La segunda premisa es que la tendencia a la crueldad se desarrolla bajo ciertas condiciones nocivas en los primeros quince años de la vida. Por tanto, puede ser aplacada y, en muchos casos, prevenida.
El objetivo de la prevención consiste, por un lado, en minimizar o incluso eliminar los factores individuales, familiares y sociales que contribuyen a la proliferación de conductas destructivas en el hogar y, como consecuencia, a la creación de futuros verdugos. Por otro lado, la meta es estimular el desarrollo y fortalecimiento de los antídotos naturales de la violencia que albergamos todos los seres humanos.
El amor satisfecho conduce a la autoestima, a la generosidad y a la capacidad para amar. El amor frustrado produce inadaptación, amargura y odio.
Aparte de proporcionar cuidados prenatales a las mujeres gestantes y de asegurar en lo posible un parto sin complicaciones, merece especial consideración el tratamiento precoz de los problemas infantiles del desarrollo, tanto los físicos como los emocionales, especialmente los retrasos en el lenguaje, la impulsividad y las conductas crueles.
El hogar familiar debe ser un foco principal de cualquier fórmula antiviolencia. El objetivo es neutralizar los factores de riesgo que predisponen a los malos tratos, a la crueldad mental y a la explotación sexual. La sociedad debe hacer todo lo posible por garantizar que las criaturas crezcan en un ambiente de aceptación, seguridad y cariño. Las lecciones destructivas, que los padres enseñan a sus hijos cuando los maltratan, o cuando permiten que ellos maltraten a otros, configuran una mezcla explosiva que transforma a muchos niños en adultos verdugos o víctimas de la crueldad.
Hoy día, el papel de padre o madre no es ni natural ni fácil. En gran medida, las cualidades de los buenos progenitores se adquieren y dependen no solo del temperamento de la persona sino de fórmulas y aptitudes que en su mayoría se aprende.
Está demostrado, por ejemplo, que las expresiones genuinas de afecto, de tolerancia y de apoyo entre el padre y la madre y entre los progenitores y los hijos son los requisitos principales para el desarrollo de la compasión y la empatía en los menores. Los niños imitan y hacen propias muchas de las actitudes y de los comportamientos que observan en las personas importantes de su medio inmediato.
Mientras la definición de masculinidad continúe cimentada en la dureza, en la fuerza física, en el dominio y el desprecio de la mujer, los abusos de mujeres por hombres seguirán concibiéndose como una prueba de poder y de “hombría”.
ANTÍDOTOS NATURALES DE LA VIOLENCIA
Aunque son muchas las medidas que se pueden tomar a la hora de hacer frente a la violencia en la intimidad, las más seguras y eficaces son aquellas que van dirigidas a los pequeños menores de doce años de edad, cuando todavía existe la oportunidad de reforzar el desarrollo de antídotos naturales de la violencia, como el autocontrol, el sentido de autocrítica, las capacidades de remordimiento y arrepentimiento, la compasión y la empatía.
Es un hecho innegable que una proporción de la población está formada por sádicos y asesinos, pero no es menos evidente que la mayoría de las personas son pacíficas y bondadosas. El rechazo de la violencia es uno de los atributos de los seres humanos. Incluso entre los niños que han estado expuestos a los conocidos factores psicológicos y sociales promotores de la agresión maligna solo una minoría desarrolla el carácter violento.
La razón es que la bondad y el altruismo brotan en el ser humano con una extraordinaria facilidad y con un mínimo de estímulo. Esto tiene sentido, pues si fuéramos por naturaleza crueles y egoístas la humanidad no hubiera podido sobrevivir. (…)
Tolerancia Cero, Obra Social ”la Caixa”